domingo, 28 de septiembre de 2008

Casi todos somos dependientes de algo

Estaba sentado en una banca de cuatro sillas pegadas en hilera, aceptablemente cómoda, de esas con estructura de metal cromado forradas de imitación piel negra con respaldo cóncavo y de acabados curvos, como las que había en el consultorio de un cardiólogo amigo de mi padre. Estaba en espera de mi turno para salir al escenario. En algún otro momento, tal vez de joven, hubiera imaginado que éste tipo de situaciones ofrecerían el glamour digno de una estrella de rock de mediano calibre, o de perdida, recibir las atenciones que merece el invitado ¨ especial ¨ de la noche. Pero todo eso ha quedado atrás, después de 71 presentaciones utilizando el mismo disfraz tengo la impresión de encontrarme en el mismo sitio.

La espera prolongada gracias a esa costumbre por llegar temprano a las citas, que recientemente se había agudizado, por alguna razón que no me he puesto a analizar, me tenía ansioso de terminar con el compromiso y salir corriendo de ahí, para tumbarme en algún sitio mas cómodo. Desde hacía ya siete meses que había dejado de beber por lo tanto esa opción, de entrada, estaba descartada y es que ahora la vida se me presentaba con una aguda crudeza.

El hambre empezaba a apoderarse de mi como un malestar meramente físico, empece a sentir esos huecos en el estomago tipo retortijón que te hacen encorvar la espalda y flexionar un poco las rodillas, lo suficiente para que, de haber alguien alrededor, se percatara del reflejo. Pero pensar en comer resultaba inapropiado para un momento como este. Además parte de los cambios que había sufrido mi persona desde aquel día de febrero consistían en escatimar en gastos, especialmente en la comida. Nunca he sido de buen diente, desde niño me obligaban a comer, sinceramente ver a la gente comer me provoca asco y supongo que si me viera comer, pasaría lo mismo. Por lo tanto evito hacerlo en lugares públicos ya que me parece un acto por demás obsceno.

Para calmarme un poco decidí sacar la cartera y revisar los papelitos que se hallaban dentro de ella. Encontré varios comprobantes del cajero automático del banco azul con cantidades ilegibles gracias a esa tinta morada propia del papel, los volví a doblar y comencé a romperlos uno por uno, luego junté las tiras y traté de romperlas en pedacitos mas pequeños hasta que mis fuerzas no fueron suficientes. Me levanté y caminé hacia el cenicero con apariencia de cama con piedritas, para depositar los papeles y algunos cayeron al piso. Preferí no levantarlos y regresar a mi lugar. Al sentarme me di cuenta que había dejado la huella de mi trasero en la silla caliente. Como si fuera una cartera ajena que me hubiera encontrado tirada, seguí hurgando en ella con bastante curiosidad. Saqué números telefónicos de gente que no recordaba en ese momento, tanto en tarjetas de presentación con diseños pasados de moda como en pedazos de papeles arrancados de libretas. Resultaba extraño no recordar los rostros de esos nombres, pero tampoco me esforcé mucho por hacerlo. Solo ubique el de una tal Ángela que al parecer era una vecina del edificio al que me había mudado hacia algunos meses. Recuerdo que ella estaba casada pero no tenía hijos y en algún momento quiso tener trato conmigo con la intención de ofrecerme algunos artículos unisex para el cuidado e higiene personal de una marca de venta por catalogo. Volví a guardar los teléfonos en su lugar.

Hallé sin intención, en el compartimiento donde tenía las pequeñas curiosidades, un foto tamaño infantil de mi ex novia, con esa mirada abismal a la que tantas veces le tuve miedo. La estuve observando sin contactar exactamente con lo que me estaba pasando por dentro, podría decir que no me produjo algún sobresalto pero quizás fue la expectativa la que me hizo permanecer contemplando esa imagen durante no sé cuanto tiempo.

Normalmente acostumbro realizar el ritual de lavarme los dientes con todo e hilo dental antes de mis presentaciones pero en esta ocasión lo creí innecesario. Aunque las ganas de estar con ella habían desaparecido desde hacia algún tiempo, el ver su fotografía hizo sentirme mas cerca de ella, la distancia parecía un factor variable que su rostro estiraba a su antojo como liga.

Abstraído por el hallazgo, no me percate que el letrero de focos rojos anunciaba mi próxima salida. Me distraje calculando cuanto ganaría con esta presentación restando los cargos de impuestos, pensando que la humillación de aparecer en el Show de Don Francisco no sería remunerada ni aunque me duplicaran el sueldo. Tome mi yo-yo rojo traslucido que descansaba en el asiento de a lado, me levante con desgano para dirigirme detrás de la puerta de conglomerado forrada de plástico brillante, esperé a que sonaran los aplausos que indicaban mi entrada en escena. Mientras caminaba frente a las cámaras concentrado en la rutina me entró esa desagradable sensación de tener los dientes sucios.

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